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Miedo.

Abrió los ojos. El reloj que recientemente le había regalado su mamá parpadeaba en la obscuridad.

Eran las cuatro de la mañana (¿madrugada?), lo sabía porque su papá había tenido a bien el enseñarle a leer la hora hacía no mucho tiempo.

Volteó hacia la puerta que daba al baño y, apoyado por la pequeña luz de noche que aún dejaba encendida, le vio detrás de la puerta.

-Ven- le dijo con una voz gruesa, áspera, una voz que no entraba por sus oídos sino que retumbaba dentro de su cráneo.

Le vio como le había visto tantas noches antes, con sus pantalones rasgados, una camisa blanca y bastante maltratada, un saco que parecía quedarle corto de los brazos. Vio sus enormes ojos que parecían ser amarillos con pupilas grandes, redondas, caninas.

-Ven, anda- le volvió a decir sin mover los labios.

Si hubiera abierto la boca para hablarle se hubieran asomado sus dientes afilados, marrones, sus colmillos protuberantes y puntiagudos.

Lo que sí asomaba eran sus orejas y su hocico, rebosante de saliva y espuma, así como sus largas uñas descuidadas.

-Tengo miedo- le contestó, también sin hablar.

-Y haces bien en tener miedo, soy un hombre lobo, lo sabes-

-No, no entiendes, tengo miedo, en verdad miedo-

El hombre lobo frunció el ceño en tono interrogante.

-Desde el día en que tus padres te trajeron a esta casa, cuando te has levantado por la noche para ir al baño, he estado aquí, detrás de la puerta asediándote. Y siempre me has tenido miedo-

-Esa es la diferencia; hoy tengo miedo, más no te tengo miedo a ti, no del todo-

Hizo lo que nunca; con un ademán le invitó a acercarse a la cama. El hombre lobo tímidamente y con incredulidad se acercó y finalmente terminó junto a él, sentado en la cama.

-¿A qué le tienes miedo entonces?-

-¿La verdad? Creo que tengo miedo a dejar de tenerte miedo, eso significaría que estoy creciendo, y eso sí me da miedo-

Por primera vez en su corta vida le vio de lleno a los ojos y lo observó detenidamente. Pudo ver que su pelo no tenía lustre y asemejaba más bien ser un disfraz, su hocico, que hace un momento parecía amenazador, ahora aparentaba estar desgastado, marcado.

Pero lo que realmente le conmovió, lo que nunca pensó ver, fue una lágrima que bailaba en su párpado.

-Estás llorando- le dijo.

-Sí, tengo miedo-

¿Cómo podía algo (¿alguien?) como él sentir siquiera miedo?

-¿A qué le temes?-

-A dejar de ser-

@aperezv

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Categorías:@aperezv, Cultura, Ensayos

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