Cultura

Nunca me gustó El Principito. De Greta Lukoseviciute.

Para los que no lo saben (¿por qué tendrían que saberlo?), soy originaria de Lituania, un país con profunda cultura y hermosa naturaleza. No, no somos rusos, y sí, hace 23 años dimos pie al derrumbe del gran imperio de Unión Soviético. Tocó vivir de todo, pero ahora no quiero desviar su atención con cosas irrelevantes.

De pequeña fui tremenda y terca, de verdad. Ahora veo mis hijos y ya puedo comprender los enojos,  preocupaciones y  continuos regaños de mi mamá.

En una de mis aventuras caí en un pozo lleno de escombro con vidrios,  hoy en el día estoy feliz de haberme quedado con la vida pero en ese entonces lo más doloroso que recuerdo fue el comentario de una de las tías vecinas, siempre metiches  y siempre amargamente preocupadas por el correcto desarrollo de la juventud, que según ella nunca participaré en los concursos de belleza. Me quedé sentida (siendo honesta) hasta ahora. Además tenía que pasar quién sabe cuántas semanas en la cama, pero no lo recuerdo con tanto resentimiento.

En este entonces no había ni iPad, ni tv individual en mi cuarto;  junto a mi cama tenía el radio portátil con dos programas aburridísimos hechos por viejitos y para viejito. Mi papá, como un buen papá, me trajo un libro de matemáticas avanzadas, una guía para ajedrez y un montón de crucigramas. Mi mamá me trajo revistas sobre jardinería, manualidades y esas revistas para adolescentes que dicen mucho pero no dicen nada y además te hace sentir fea contigo misma. En el departamento donde vivíamos mi mamá y yo había casi 600 libros desde cuentos infantiles hasta enciclopedias de ginecología y pediatría ya que mi abuelita fue doctora. Hasta el cantar de los cantares encontré. Ahora tal vez no es gran cosa, pero en ese entonces fue algo muy emocionante y erótico, y muy, muy prohibido.

Regresando al tema de mi incapacidad temporal, para que se sanaran las heridas tenía que quedarme quieta lo más que se podía,  y como mirar las paredes no es muy entretenido, para no morir de aburrimiento después de leer las revistas tenía que empezar leer los libros de la biblioteca de la casa. Empecé por cuentos para niños que no eran estilo Hollywood con finales felices, los leí todos y varias veces. El resultado: pesadillas continuas. Luego seguí con novelas, detectives. Leía rapidísimo. Mientras vivía la aventura dentro de uno de esos enormes tomos de Jules Verne ya podía caminar y correr. Pude haber dejado leer pero el amor por la lectura ya había nacido, fomentado y se había vuelto adicción.

En ese entonces la vida no fue fácil y el tiempo de lectura se volvió mi escape de la realidad. Tragaba los libros en las noches cuando mi mamá no me veía, y claro que eso afectó mi vista, pero ni modo. Lo mejor de todo es que recordaba cada detalle que leí. Todo. Luego llegó el turno a los libros de comportamiento, psicología, etiqueta y, finalmente me quedé con el postre, la enciclopedia de física y astronomía. ¡‘Íjoles’! , al principio veía nada más los dibujos, los complicados símbolos en las fórmulas, luego leía lo que llamaba mi atención. A veces no entendía nada, a veces me dejaba pensando, digiriendo. Todos los demás libros los podía terminar,  y esa enciclopedia despertó mi curiosidad, me impulsó a pensar, y me hizo cuestionar desde muy pequeña, me hizo regresar y regresar con ella y volver a repasar lo leído. Ese libro me acompañó durante toda la primaria, secundaria y preparatoria.

En toda mi experiencia de lectura el libro que no he podido leer es El Principito. Lo leía, lo empezaba a leer y se me hacía tan estúpido. Toda la filosofía,  la idea de la rosa, las cartas, el amor y los viajes. ¡NO, NO, NO! Eso iba en contra de todo lo que me causaba seguridad en mi mundo creado por libros racionales y coronados con las verdades de la enciclopedia de física y astronomía. Todo mi ser se ponía rebelde cuando alguien mencionaba que El Principito es uno de los mejores libros. Simplemente no lo entendí. A lo mejor crecí demasiado rápido y salté esa etapa de niñez cuando puedes entender las metáforas y aceptar la magia de la literatura sin prejuicio y sin evaluación.

Me faltaba salir de la burbuja perfecta, enfrentar personalmente los verdaderos fracasos, relacionarme con el mundo real y  madurar emocionalmente para entender a ese maldito Principito.

¡Cómo cambia la percepción con los años! Ahora sentir la vida real se me hace más interesante que leer experiencias ajenas de las personas imaginadas. A veces temo que se me acaba el tiempo, porque ya no recuerdo. Pienso mucho en los porqués, el ‘qué’  ya perdió por el momento la importancia.

Ahora, a veces no entiendo en qué idioma hablo o dónde estoy. De todo lo que leo no recuerdo casi nada de nombres,  fechas o hechos. Espero que sea cansancio o la famosa fatiga. Percibo personas, recuerdo la manera en que caminan, cómo suenan sus voces, cómo platican, cómo reaccionan y cómo se relacionan con su entorno.

Estamos sentados con mis pequeños en ese siempre manchado sillón del cuarto de tele.Viendo El Principito.

Todavía la tolerancia no es mi fuerte, pero sigo con esperanza.

Greta Lukoseviciute

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