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Magia…

Hace mucho tiempo en una galaxia lejana… bueno, hace 31 años y en un cine del Distrito Federal, tuve la oportunidad de entrar en un mundo mágico.

No entendía la trama de la película y, para ser honesto, creo que estaba más divertido corriendo por las rampas y los pasillos como era la constumbre de los niños por aquellos años. Años en los que aún había intermedios y vendían Toblerone en las cafeterías de los cines.

Esa no fue la primera vez que fui al cine, debo de confesarlo, ese honor lo tiene una ida al Cine Lindavista, que tenía forma de castillo de Disneylandia, y del que no recuerdo más que esa emoción al momento en que las luces se apagaban. Desde entonces el simple hecho de entrar a la inmensidad de la sala de un cine, el olor a las palomitas de maíz y las butacas (¿sabían que hay un aromatizante especial para que los cines tengan el mismo aroma?), aunados al momento en que se apagan las luces, siempre me han hecho sentir una emoción indescriptible.

cine lindavista

Para los incrédulos que dudaron de su existencia
Cortesía de @YovanOficial

El cine, a pesar de los año, siempre ha causado admiración en un servidor; he volado por el espacio acompañado de un genio incapaz de sentir emociones y he sido perseguido por una roca gigante mientras robo un ídolo inca, me he enamorado de lugares inexistentes habitados por los hijos de Ilúvatar y he sufrido al ver un pequeño abrigo rojo en medio de un montón de cadáveres grices.

Esa es la verdadera “magia del cine”; nos permite disfrutar de un par de horas absortos de nuestra cotidianeidad y ponernos la piel de alguién más, como atinadamente pregona Joaquín Sabina en “La del pirata cojo”.

Muchos pueden argumentar que los libros tienen la misma consecuencia, y no podría coincidir más con ustedes, queridos lectores. Los libros siempre serán puertas a otros mundos también pero no siempre las películas se basan en ellos, por eso recomiendo volverse adicto a ambos.

Twilightbook

Con sus debidas excepciones, claro

Hubo un momento, cuando cursaba la preparatoria, en que temía que eso que sentía cada vez que apagaban las luces en la sala se fuera perdiendo con el paso de los años. Que tonto fui; hoy, a 20 años de eso, sigo siendo un niño chiquito emocionado por cómo me sorprenden en cuanto se apagan las luces e inicia la proyección.

Y de salida un video, muy ochentero, que viene como anillo al dedo a este tema

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