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Maldito Tiempo

El fin de semana pasado, en comida con mis padres, sucedió esa tradicional plática en la que nos contaban cómo era la vida cuando ellos eran niños y como vivieron esa etapa. Nos hablaban a mi hermano Gibrán y a mí de todos los juegos que se inventaban, de que pasaban horas enteras todas las tardes jugando sin que no importara nada más que disfrutar y esperar que el sol se ocultara para regresar a casa a preparar todo para dormir; con cierta nostalgia se quejaban de que en dónde había quedado ese tiempo, ya que ahora la vida pasa más rápido y alcanza menos el día para las actividades, al final se armó un buen debate para saber qué rayos pasaba con ese tiempo.

TIME

Se habló de todo, desde que si el planeta giraba más rápido, que las actividades que uno tiene a diario demandan más cantidad de tiempo que al final el día entero no alcanza, la responsabilidad de ellos como padres y tener que llevar comida a la casa, las entregas de la Uni, vamos de todo un poco. Al final la conclusión mayoritaria fue que en la actualidad todos vivimos a contra reloj.

¿Qué tan común te es escuchar?

“El tiempo es oro.”

“El tiempo es dinero.”

“El trabajo lo necesitaba para ayer.”

“Como si tuviera todo el tiempo del mundo.”

Frases con las que vivimos todos los malditos días sin darnos cuenta que nos condenan, a mi parecer, a ser máquinas esclavas del tiempo ¡Perdemos libertad! Creemos que controlamos el tiempo cuando en realidad él nos controla, lo creemos tanto que nos damos el lujo de modificarlo cada seis meses en verano e invierno.

Ahora viene a mi mente la pregunta ¿Cómo hacer para recuperar esa libertad? La monotonía con la que vivimos, haciéndose más notoria para los que lo hacemos en la ciudad, nos provoca entregar nuestro tiempo a favor del tiempo de otros: Los jefes del trabajo, un cliente, el tiempo que perdemos en el tráfico por obras públicas que no sabemos si son beneficios para uno mismo o para el gobernante en turno, etcétera.

Foto de mis amigos y yo en la rodada por el Centro Histórico de Puebla.

Desde mi humilde opinión, la respuesta (o más bien respuestas) son simples: ¿Trabajas en lo que realmente te apasiona? ¿Has ido de día de campo con tus hijos? ¿Hace cuánto que no juegas un juego de mesa con tus primos? ¿Has volado un papalote? ¿Cuándo fue la última chela que te echaste con tus amigos? ¿Has ido a las rodadas que se organizan en el Centro Histórico (para los que estamos en Puebla) los viernes por la noche? Un sinfín de actividades que nos permitan desenchufarnos un ratito del trabajo, despegarnos de la computadora (cosa contraproducente porque dejarían de leernos, JA) o la televisión. En otras palabras, ganarle tiempo al tiempo, darnos un respiro, claro, sin descuidar nuestras responsabilidades; aunque sea por un momento dejar de ir a contra reloj.

Esas y muchas más preguntas me las hice el fin de semana y he decidido por empezar a responderlas, algunas ya las he hecho pero bien vale la pena repetirlas. Los que gusten, la invitación está abierta a acompañarme.

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Categorías:Autores, Ciudad, Ensayos, Ser Humano

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